domingo, 14 de febrero de 2010

Una amistad trascendental


Nuestro Jesús se nos ha revelado como Dios, como redentor y como Señor. Él, en su infinito amor, ha cumplido con todos los requisitos para investirse de todos estos atributos mencionados. Pero que maravilloso que Dios mismo quiera ser nuestro amigo también. El Dios nuestro no es uno lejano y separado por años luz de firmamento, es tan cuidadoso y cariñoso que nos ha dejado al consolador, El Espíritu Santo de Cristo, para que nos fortalezca y nos guíe a toda verdad. Y con su sangre derramada ha puesto su palabra en acción al redimirnos y amarnos de una manera indescriptible. Que este amor dé frutos para gloria del Dios Padre, que esta revelación divina sea estimada en nuestro espíritu como un tesoro. Porque el amor, la cruz y la sangre son sellos muy fuertes, lazos de amistad muy profundos para ser borrados con el tiempo.
Juan 15:13-17
Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. Esto os mando: Que os améis unos a otros.

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